lunes, 9 de febrero de 2026

¿Escribes o sobrevives?


 En consulta, en formación, en coaching…

muchas veces recomendamos escribir a mano.

Registrar pensamientos.
Anotar insights (esas revelaciones que aparecen en sesión).
Dejar por escrito aprendizajes, herramientas, decisiones.
Tener un diario emocional, de asertividad, de agradecimiento…
O simplemente escribir lo que nos preocupa.

¿Por qué?

Porque cuando sacamos los pensamientos, dejan de girar dentro.
Porque al ponerlos fuera podemos distinguir, por fin,
lo que es un hecho
de lo que es una creencia.

Y eso (muchas veces) nos permite avanzar.

Si no los sacamos, los pensamientos se quedan ahí,
dando vueltas, chocando entre sí, bloqueando.
Como una lavadora en centrifugado constante.
Mucho ruido.
Poca claridad.

Escribir no es solo desahogarse.
Es ordenar, discriminar, sanar.
Es crear espacio.

Y aquí viene algo interesante.

Además de todos estos beneficios emocionales y cognitivos,
la ciencia ha observado algo más.

Investigaciones recientes (algunas realizadas en Japón) han estudiado a adultos mayores con memoria preservada para entender por qué no presentaban deterioro cognitivo.
El punto en común no era un entrenamiento complejo,
ni una alimentación específica,
ni técnicas sofisticadas.

Era un hábito sencillo y constante: escribir a mano.

No como registro automático.
Sino como ejercicio activo de atención, memoria y coordinación.

La escritura manual activa más áreas del cerebro que teclear:
memoria, lenguaje, orientación espacial, atención.
Implica cuerpo, ritmo, decisión.
Y eso mantiene el cerebro en uso real.

La memoria no se conserva por azar.
Se preserva cuando el cerebro se usa con presencia, no solo con rapidez.

No es nostalgia.
Es neurociencia.

De hecho, este debate ya no es solo clínico o terapéutico.
Es educativo y social.

En Estados Unidos, algunos estados están volviendo a introducir la escritura a mano en las aulas, después de años priorizando dispositivos digitales.
¿El motivo?

La evidencia científica muestra que el cerebro lee, comprende y memoriza mejor cuando escribe a mano.

No porque el papel sea romántico.
Sino porque obliga a procesar, integrar y decidir.
Porque el cuerpo participa.
Porque la mente no va en automático.

Y ahora, al final, vuelvo a una historia.

En El diario de Noah,
cada día él se sienta frente a ella con un cuaderno en las manos.
Ella no sabe quién es.
No recuerda la casa, ni la vida que compartieron, ni la historia que los une.

Pero él lee.

Lee despacio.
Lee con cuidado.
Lee como quien sostiene algo frágil.

Y, durante unos minutos, ella vuelve.
No del todo.
No para siempre.
Pero vuelve.

Porque esas palabras fueron escritas cuando su memoria aún estaba viva.
Porque alguien pensó que dejarlo por escrito importaba.
Porque la escritura guardó lo que la mente, con el tiempo, no pudo sostener.

No es solo una historia de amor.
Es una historia sobre memoria, identidad y presencia.
Sobre cómo escribir puede convertirse en un puente cuando recordar ya no es posible.

Quizá escribir no sea solo para hoy.
Quizá también sea un regalo para el futuro.

Y quizá, sin saberlo,
cada vez que escribimos a mano
estamos cuidando un poco más de nuestra mente,
de nuestra memoria,
y de quienes seremos mañana.

Y aquí te dejo algunas preguntas, por si hoy te apetece parar un momento:

·       ¿Dónde están ahora mismo tus pensamientos: dentro o fuera de ti?

·       ¿Qué pasaría si escribieras lo que te preocupa antes de intentar resolverlo?

·       ¿Cuándo fue la última vez que escribiste a mano… solo para pensar?

·       Y siendo honestos… ¿cómo anda tu memoria a corto plazo? 😉

Quizá no se trata de añadir otro hábito más.
Quizá se trata de recuperar uno que nos devuelva claridad, calma
y, de paso, un cerebro un poco más joven.

Si te apetece profundizar, te dejo aquí algunos artículos muy claros y bien explicados:
🔗 Estudios sobre escritura manual y activación cerebral
🔗  Escribir a mano sigue siendo insustituible – El País
🔗 Escribir a mano: por qué sigue siendo tan poderoso – Sandra Cerro
🔗 EE. UU. vuelve a la escritura manual en las aulas – Vandal / evidencia científica

Te leo.
¿Escribes… o tus pensamientos siguen dando vueltas en la lavadora?

#escribiramano #coaching #neurociencia #psicologia #saludmental #pensardespacio #autoconocimiento #rutroncal

jueves, 27 de noviembre de 2025

El valor de pedir (y dar) 8 minutos



Estamos llegando a esa época del año en la que casi tod@s vamos con la batería parpadeando.

Ese desgaste silencioso que no sale en los KPI, pero sí en la piel, en el sueño, en la paciencia…
Y justo ahí, cuando vamos más “en reserva” que nunca, pasa algo curioso:
 escucharnos se vuelve urgente.

La semana pasada hablaba de empatía… y para empatizar… ¿qué es necesario? Escuchar.

Hace semanas volví a toparme con la regla de los 8 minutos.
La he visto circular muchas veces (Iñaki Aldaz ya habló de ello con mucha claridad hace meses), pero últimamente me resuena más.
Quizá porque, como dice Simon Sinek,
 sentirse escuchado es sentirse seguro. Y en fin de año, esa seguridad emocional escasea.

La regla es sencilla:
“¿Tienes 8 minutos?”

No para arreglar nada.
No para dar consejos.
No para iluminar el camino del otro con un PowerPoint emocional.
Solo para escuchar.
Con presencia.
Con el corazón sin prisas.

Y pienso en el vídeo “It’s not about the nail”.
En cómo nos sale —casi por impulso— resolver, señalar “el clavo”, explicar lo obvio… aunque nadie nos haya pedido nada.
Y lo lejos que nos lleva de lo que la otra persona realmente necesita
… y cómo todo cambia cuando escuchamos de verdad

Y me acordé de un cuento precioso de la tradición sufí que dice así:

Un joven preguntó al maestro por qué, si vivimos rodeados de gente, tanta gente se siente sola.
El maestro le respondió:
—Porque escuchamos con las manos en movimiento.
El joven frunció el ceño, y el maestro añadió:
—Cuando las manos se mueven, intentan corregir, señalar, arreglar.
Pero cuando las metes en los bolsillos… escuchas de verdad.

Desde que lo escuché, no dejo de darle vueltas.

¿Escucho para comprender o para responder?
¿A quién le he dado mis 8 minutos esta semana?
¿A quién se los he negado?
¿Y cuántas veces he necesitado pedirlos… pero no me he atrevido?

A final de año, cuando el cansancio se mezcla con lo que no dijimos, lo que no pedimos y lo que postergamos…
estos 8 minutos se vuelven casi medicinales.

Si te apetece profundizar, este vídeo de Simon Sinek es maravilloso como complemento: el valor de escuchar sin intentar arreglarlo todo.

Ocho minutos.
A veces eso es todo lo que necesitamos para sentirnos un poco menos solos.

Y quizá la pregunta no sea
¿a quién se los daría?,
sino
¿cuándo voy a permitirme pedirlos yo?

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#liderazgo #presencia #comunicación #saludmental #humanizar
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viernes, 21 de noviembre de 2025

Entrenar la empatía (sí, se puede entrenar)


 A veces damos por hecho que la empatía “se tiene o no se tiene”. Pero no. La empatía se entrena. Se puede entrenar. Como cualquier habilidad humana, empieza por una toma de conciencia y se fortalece con práctica. (Hay que querer, claro 😉)

Primero, date cuenta. Si te cuesta conectar con lo que siente el otr@, si juzgas rápido, si interrumpes o te descubres más pendiente de responder que de escuchar… probablemente estés algo desconectad@ de tu empatía. La buena noticia es que eso tiene solución.

Después, ten ganas. El deseo genuino de comprender al otr@ es el primer paso. Sin esa intención, la empatía se convierte en simple cortesía o técnica de comunicación.

Y luego, practica. Entrenar la empatía no es imaginar cómo te sentirías tú en la piel del otr@, sino entender cómo se siente el otr@ desde su lugar: con su historia, sus miedos, sus motivos, sus emociones, sus recursos… su todo.

Por tanto, necesitamos:

  • Escuchar más de lo que hablamos.
  • Acercarnos a personas diferentes a nosotr@s.
  • Preguntar sin juzgar.
  • Nombrar las emociones (propias y ajenas).
  • Y, sobre todo, interaccionar con presencia.

La investigación en psicología y neurociencia muestra que la empatía se desarrolla desde la infancia, pero puede fortalecerse en cualquier momento de la vida mediante entrenamiento intencional y exposición a la diversidad emocional y social (Psicoglobal, Psicología y Mente, PubMed).

Porque empatizar no es “sentir lo mismo” que el otr@. Es comprender desde el respeto, sin necesidad de estar de acuerdo.

¿Hasta dónde llega tu empatía?

Existe un ejercicio conocido como la Escala de De Quincey de Empatía, inspirada en el ensayo “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” (1827). No es un test científico, sino un desafío mental. Así que, aquí viene el reto 👇

Propone imaginar conductas muy distintas (o incluso chocantes) y describirlas en términos positivos desde la perspectiva de quien las realiza.

El objetivo no es justificar, sino suspender el juicio. Ver si eres capaz de comprender algo sin compartirlo. De mirar el mundo con los ojos del otro… aunque te resulte incómodo.

Ese es el nivel más profundo de empatía cognitiva: el que amplía tu mirada, cuestiona tus límites y te enseña a entender sin aprobar.

El reto dice así:

Explora los límites que tiene tu capacidad de ponerte en el lugar de otra persona. No se trata de expresar tu aprobación o rechazo, sino de descubrir hasta qué punto eres capaz de dejar en pausa todo lo que crees y sientes.

Sugerencia: imagina cada conducta e intenta describirla usando palabras de elogio según el respectivo punto de vista. (Si alguna coincide con tu forma de pensar, pasa a la siguiente).

  1. El boxeo como una práctica deportiva
  2. El colegio como una escuela de adiestramiento canino
  3. La castidad permanente como una opción virtuosa
  4. La pobreza como un estilo de vida alternativo
  5. El robo como un trabajo estable y bien remunerado
  6. La muerte como el fin de la existencia
  7. El humano como dueño legítimo de todo lo que no es humano
  8. El incesto como un comportamiento socialmente aceptado
  9. El canibalismo como un placer culinario
  10. El asesinato como una de las bellas artes

(Inspirado en Thomas De Quincey, “On Murder Considered as One of the Fine Arts”, 1827)

¿Y si además la empatía se convirtiera en acción…?

Jorge Bucay lo resume en Cuentos para pensar:

“La empatía no se practica porque el otro lo merezca, sino porque tú eliges ser diferente.”

Y es justo lo que nos recuerda la película Cadena de favores (una de mis favoritas, y si no la has visto… te la recomiendo encarecidamente): Un niño propone una idea simple —hacer algo bueno por tres personas, pidiéndoles que no lo devuelvan, sino que lo pasen a otros tres—. Un gesto pequeño que cambia vidas.

La empatía empieza en la mente, se siente en el corazón, y solo cobra sentido cuando se convierte en acto.

Porque comprender está bien. Pero actuar desde esa comprensión, es lo que realmente transforma.

Otro día hablaremos de cuándo necesitamos protegernos porque somos demasiado empátic@s… De momento, cultivemos la empatía, que viendo las noticias, parece que andamos un poco escasos, ¿no os parece? 😉

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domingo, 19 de octubre de 2025

Bienestar en la empresa: antes de que sea tarde

 Entramos en la recta final de 2025. Hace un año, muchas compañías señalaron el bienestar emocional como una de las grandes prioridades de este ejercicio. Y sin embargo, hoy me pregunto:

👉 ¿Cuántas han pasado del discurso a la acción? 👉 ¿Cuántas han medido de verdad cómo están sus equipos? 👉 ¿Y cuántas han comprobado el retorno de cuidar… o el coste de no hacerlo?

El informe de SAVIA (abril 2025) lo deja claro:

  • Solo el 33% de empleados recibe servicios de bienestar en su empresa.
  • El 67% de quienes no los reciben estaría interesado en acceder a ellos.
  • El 60% considera importante que su empresa los ofrezca, cifra que sube al 77% entre quienes ya los disfrutan.
  • Y para el 67% de quienes ya los reciben, el bienestar es un factor decisivo al cambiar de trabajo.

No cuidar hoy es perder mañana. No solo productividad —que puede caer hasta un 23% con malestar emocional— también compromiso, atracción y retención del talento.

Con LATIDO, mi propuesta es esa: generar espacios de seguridad psicológica y culturas emocionales sostenibles, donde cuidar sea la norma, no la excepción. Porque la productividad solo se sostiene cuando las personas pueden estar bien.

Y es importante recordar algo: a veces ni siquiera tenemos claro qué implica realmente la seguridad psicológica, o no contamos aún con líderes preparados para sostenerla. Por eso, antes de ofrecer servicios paquetizados y estándar, hace falta escuchar, diagnosticar y personalizar la necesidad. Cada organización tiene su propio punto de partida.

La pregunta es: ¿Tu empresa está midiendo el bienestar… o está esperando a que sea demasiado tarde?

Checklist de reflexión para líderes y equipos:

  • ¿Cómo estamos midiendo hoy el bienestar emocional en nuestra organización?
  • ¿Qué espacios reales ofrecemos para hablar de malestar sin miedo?
  • ¿Qué hacemos con los datos que obtenemos: reaccionamos o transformamos cultura?
  • ¿Tenemos claro cuánto nos cuesta no cuidar?
  • ¿Estamos formando a líderes para acompañar desde la presencia y no solo desde los resultados?

Porque cuando una cultura cuida, todo late mejor.

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lunes, 15 de septiembre de 2025

Formar no es entretener. Es facilitar transformación

 

En los últimos años, muchas organizaciones han dado un giro hacia formaciones más dinámicas, más “fáciles de digerir”, más entretenidas.

Y sí, claro que aprender puede ser ameno. Claro que emocionar, conectar y disfrutar son parte del proceso. Pero no todo lo que entretiene deja huella. Y no todo lo que transforma es cómodo.

¿Dónde ponemos el foco cuando hablamos de aprendizaje?

El aprendizaje real no sucede solo en la sala. Sucede después. En el momento en que una persona:

🔸 Aplica una herramienta. 🔸 Se atreve a hacer algo diferente. 🔸 Se permite un error. 🔸 Recibe feedback. 🔸 Cambia su forma de pensar o relacionarse.

Eso es lo que buscamos. Y para que eso ocurra, hace falta mucho más que dinamismo:

  • Hace falta tiempo. No solo horas de sesión, sino tiempo mental y emocional para digerir, procesar, probar.
  • Hace falta un grupo manejable, que permita contraste, reflexión, conflicto sociocognitivo.
  • Hace falta un diseño con propósito pedagógico, no solo con ritmo.
  • Hace falta un entorno donde haya permiso para probar, fallar, aprender.
  • Hace falta que los líderes no solo lo promuevan, sino que lo modelen. Que aprendan con sus equipos. Que den ejemplo.

Eso es cultura de aprendizaje. Y eso, también, es formar.

Y sí, nos enfrentamos a otra tensión: las evaluaciones. Porque salir de la zona de confort no siempre gusta. Porque una sesión que “remueve” a veces no obtiene un 5 sobre 5. Y porque hay una tentación constante de reducir la calidad a una sonrisa en caliente.

¿Pero estamos midiendo lo que importa?

🎯 ¿Qué impacto tiene lo aprendido en el trabajo diario? 🎯 ¿Qué ha cambiado en la práctica real de esa persona o equipo? 🎯 ¿Dónde están las conversaciones sobre cómo han evolucionado nuestras competencias tras un programa?

Pocas organizaciones aplican el modelo de Kirkpatrick más allá del primer nivel. Y sin embargo… si no hay transferencia, ¿para qué formamos?

Como formadores/as, sabemos que no somos “el cambio”, pero sí podemos ser disparadores, facilitadores, faros y espejos.

Eso nos exige diseñar con intención, sostener espacios complejos, y hacer más preguntas que afirmaciones.


Y tú, desde donde estás:

👉 ¿Cómo contribuyes a una cultura de aprendizaje real? 👉 ¿Qué pasa con lo que aprenden /mos… después del aula? 👉 ¿Estamos creando sólo experiencias o construyendo transformación?

🟡 ¿Estás en modo aula… o en modo «Bumblebee»?

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